jueves, 15 de enero de 2015

Lhardy

El Club del Cocido ha visitado Lhardy. Y ha sido una experiencia interesante. Como pueda serlo visitar una antigua pinacoteca o un yacimiento arqueológico. Veamos.



El local es soberbio. En mi opinión, lo mejor de Lhardy. A primera vista parece una sala relativamente pequeña, pero es una impresión errónea. Contribuye al engaño la altura de los techos, descomunal, y la ausencia de tabiques. Sólo interrumpen el espacio las columnas de metal que cargan con el edificio. 


Las mesas están bien separadas, a la antigua usanza, para que pueda confabularse a gusto. Nobleza obliga. Nuestra mesa, preparada para diez comensales, era una maravilla. Una mesa presidencial en toda regla; sólo faltaba que la hubieran montado en un estrado. La mantelería es de una calidad insólita. Las manos y los antebrazos, apoyados sobre la mesa, se hunden en el tacto mullido de otros tiempos. Una mesa como las que, imagino, le preparan a Lord Grantham en Downton Abbey. La cubertería está al mismo nivel. La cuchara sopera tenía el empaque suficiente como para cascar un coco con la misma facilidad con la que se casca un huevo duro con una cuchara de IKEA. Un gustazo. La loza está un peldaño por debajo y dos las copas, pequeñas y de cristal grueso. Imagino que un sitio genuinamente castellano no puede permitirse ciertas mariconadas, como copas grandes y de cristal fino. Lo mismo sucede en las tabernas tradicionales de la Cava Baja, que las copas son un asco. Pero ojo como se te ocurra sugerirle al dueño mejorarlas. Antes cerrar que permitirse ciertas licencias. Y parecen llevarlo hasta sus últimas consecuencias. En fin, que me desvío del tema.




Pasemos al cocido, que es a lo que íbamos. La sopa la traen en unos soberbios perolos de plata, redondos y relucientes, que también evocan Downton Abbey. Más en concreto a su sótano, donde Carson impone disciplina sobre el servicio haciéndole emplear todo tiempo muerto en sacarle brillo a la plata. La sopa es excelente: fina, sin grasa y sin indicio alguno de concentrados añadidos. A cambio, los fideos estaban terriblemente pasados, con una consistencia más parecida a miga de pan mojada que a una pasta cocida como dios manda. Lo cierto es que esto es algo que falla siempre. Está por llegar el día que en Madrid se sirva una sopa con los fideos en su punto. 


Tras la sopa, nuestro querido Jaime tuvo la genial idea de pedir unos callos. En lugar del típico sorbete de lima (que en Lhardy jamás se ofrecería). Pero este Club no es para débiles, así que nadie rechistó. Y, además, como éramos nueve, el camarero propuso traer dos raciones. Con una basta, se trata de probarlos, ¿no?, se atrevió a sugerir alguien. ¿Eres gay, o qué?, dijeron las miradas del resto. Como veremos, fueron tres. 


Las dos primeras raciones vinieron servidas, de nuevo, en cazuelas de plata impecables. Yo no había terminado mi sopa (repetí dos veces) cuando el camarero empezó a servir los callos y, al parecer, eso bastó para desconcertarle, pues sirvió las dos raciones sin dejar nada para mí. Cuando quiso darse cuenta, sugirió traer otra ración. Le dije que no pasaba nada, que probaría una pinchada de otro miembro del club. Insistió. Y yo insistí en que no era necesario. Dijo, jocoso, que el resto me ayudarían. No quise discutir más. Pensé que, vista su perseverancia y habiendo sido error suyo, la casa invitaría a esa tercera ración de callos. Ingenuo de mí. Las tres raciones de callos vinieron reflejadas, puntualmente, en la cuenta a 28€ cada una. Sí. 28. ¿Pero eran callos con algo? ¿Con marisco? Callos. Punto. 


Al servirme mi parte, el camarero derramó parte de la salsa en el mantel, a punto de mancharme la camisa. No tuvo a bien pedir disculpas. Tampoco pensó necesario limpiar el mantel. Se limitó a desplazar mi plato hacia la izquierda de modo que cubriera las manchas. Insólito. Volví a centrar mi plato y tapé las manchas con mi servilleta. El camarero no reparó en ello, así que no me ofreció otra. Casi nadie quiso de esa tercera ronda de callos así que mi ración fue disparatada. Y me la comí toda. Lo cierto es que estaban tremendos (aunque algunos miembros del Club afirman que son aún mejores los del restaurante Las Reses. Yo lo dudo). 




A continuación se sirvió la carne y demás. A pesar de que advertí al camarero de que quería tomar el resto del cocido en plato hondo y con un poco de sopa, me sirvió en plato llano. Que le repitiera que lo quería en plato hondo y con sopa pareció incomodarle.


El cocido tenía absolutamente de todo y una vez que me lo hubo servido en el plato hondo, entendí por qué prefería hacerlo en uno llano, más grande. Impresionante, tanto en cantidad como en calidad. Había incluso varios tipos de pasteles de carne y estaba todo riquísimo, pero no pude comer ni la mitad de la ración que me habían servido. Culpa de los callos. Pillado con hambre, tiene que ser una experiencia religiosa.




De postre tomamos souflé y buñuelos. Notables los buñuelos. Excepcional el souflé. Nos ofrecieron para acompañar el souflé una copa de vino dulce Pedro Ximénez. Algunos accedimos. Y vino servido a temperatura ambiente. Quizás ése es el estándar y el resto del mundo está equivocado, pero, normalmente, el Pedro Ximénez se sirve frío.


El vino, Martínez Lacuesta, etiquetado para conmemorar el 175 aniversario de Lhardy, estaba bueno. Y no era caro. Al menos no en comparación con el resto. 20€ la botella. Aunque servido algo caliente en comparación con lo que se ha convertido en la norma de un tiempo a esta parte. Quizás Lhardy simplemente se haya mantenido, voluntariamente, en el estándar de hace unos años. Pero ahora, acostumbrado al vino algo más fresco, se hace raro. Imagino que es cuestión de gustos.


Sabíamos que la cuenta sería abultada, lo es siempre que está de por medio el Club del Cocido, pero resultó serlo algo más de lo que esperábamos. A saber: una cerveza cada uno antes de empezar, nueve raciones de cocido, tres raciones de callos a compartir, el postre y cinco botellas de vino costaron 758,9€. O sea, 85€ por barba. No nos invitaron a nada. Ni a la tercera ración de callos, ni al Pedro Ximénez.


Algunos nos quedamos de sobremesa, para analizar convenientemente cómo podría afectar al Club la llegada al poder de Podemos, y tres de nosotros pedimos un gin-tonic. Acabábamos de pagar una factura abultada. Yo, personalmente, con una sensación amarga. Todo se habría arreglado si la casa hubiera invitado a esos tres gin-tonics. Iluso; la cuenta llegó puntual un instante después. 12€ cada gintaka. Y la celeridad con la que llegó, sin preguntar si íbamos a tomar otra ronda, nos sugería, inequívocamente, que tenían prisa porque nos fuéramos.


A lo agridulce de la visita a Lhardy, quizás, contribuyó lo siguiente. Cuando llegué a casa, mis hijos estaban participando del cumpleaños de un vecino de la urbanización. En la inevitable reunión de padres que se formó en casa del homenajeado, tuve que dar explicaciones por rechazar repetidamente los aperitivos que me ofrecía la anfitriona, que se dedica, según pregona sin cesar, a la organización de eventos. Al contar que venía de apretarme un copioso cocido en Lhardy, dijo, tras soltar una ofensiva risotada, que a Lhardy lleva ella a los turistas chinos que visitan Madrid. 


Nada me gustaría más que contrarrestar esa tendencia y contribuir con mi gasto a mantener un restaurante clásico madrileño lleno de lugareños, pero lo cierto es que no creo que lo haga. Lhardy fue, tutto sommato, una experiencia decepcionante.

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